El relato narra la influencia de mamá Petra en la vida de un niño en La Romana durante 1997. Mamá Petra, cuyo nombre real era Petronila Rodríguez, se convirtió en una figura maternal para el narrador, enseñándole habilidades cotidianas y fomentando su amor por la lectura.

La historia destaca la generosidad de mamá Petra, quien acogió al niño en su hogar y lo educó en valores y responsabilidades. A pesar de las dificultades, su legado de amor y enseñanza dejó una huella imborrable en quienes la conocieron.

El texto es un homenaje a su vida, resaltando su capacidad para vivir en sociedad y su dedicación a la educación de los jóvenes que pasaron por su hogar.